Neri, Manu, Pepe, Juani, Dorita… y otros muchos por el
estilo son, como se sabe, modos cariñosos de llamar familiarmente,
amistosamente, a las personas. Los lingüistas los denominan
hipocorísticos. Especialistas y
aficionados han abordado con frecuencia esta cuestión y en un lugar virtual tan
asequible como Wikipedia (*), por ejemplo, o en otros similares (**), disponemos
de buenas explicaciones del fenómeno y de listas de tales denominaciones afectivas.
Yo no voy a insistir, obviamente, en una exposición general,
que ya existe como digo. Quiero fijarme, tan solo, en los nombres femeninos,
mejor dicho, en algunas particularidades de los hipocorísticos femeninos, en
contraposición a los masculinos, que me parecen al menos curiosas. Mi intención
es mostrar ciertas regularidades lingüísticas de carácter formal, que pueden
llegar a constituirse en norma.
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1) Abundan más
los terminados en “ –i/-y” femeninos que los masculinos, bien sea por
apócope bien por transformación: Toñi, Censi , Ani, Loli, Nati, Dori, Mari,
Emi, Leti, Sofi, Manoli, Conchi, Pepi, Choni, Yoli, Toñi, Mili, Ceci, Nuri,
Cati, Neri, Puri, Rosi, Margari, Choni, Viky, Nati, etc., etc., etc. Los
masculinos son muchos menos: Juani, Poli, Javi, Gabi, Josemi,
Monchi, Santi, etc.; aparecen en este último grupo, no tanto en el de
las mujeres, los importados de otras lenguas:
Charly, Willy, Iñaky, Jordi, Toni, Johnny, Ricky, Micky, etc. Es como si
el sonido “i” adquiriese, en el contexto de los antropónimos cariñosos, una resonancia
especial, delicada, dulce, que lo lleva a ser uno de los preferidos entre los
nombres femeninos.
2) En el caso de nombres con una versión femenina y otra masculina,
como Antonio y Antonia, se aprecia una tendencia a emplear hipocorísticos
diferenciados, siguiendo el modelo de la oposición de género gramatical en
castellano; sin embargo, predomina la
“i” para el femenino, que es casi un morfema indicativo de este género, como se
ha dicho: Toñi/Toño, Paqui/Paco, Manoli/Manolo, Feñi/Fernan, Trini/Trino, Mili/Milio,
Dori/Doro, Pepi/Pepe, etc. En algunos
casos se da una única forma, Juani, Adri, Ale, etc., que neutraliza la
distinción de género; no obstante, suelen usarse para niños o jóvenes tan solo.
3) Si el nombre originario tiene apariencia masculina, como
Remedios o Rosario, se conserva en el derivado hipocorístico, quizás debido a
que no hay apenas denominaciones masculinas correspondientes, pues se trata casi
siempre de advocaciones marianas: Remeritos, Rosarito/llo/ Chayo/Rosarito/Charito,
Cañito(s), Amparito, Socorrito/Soco (***) , Consuelito, Asun, Patro, etc.; hay,
sin embargo, excepciones, como Concha/i (de Concepción), Censi (de Ascensión),
Dori (de Adoración, entre otros), Visi/ta (de Visitación), Presenta (de
Presentación), Puri /a (de Purificación), etc. Más raro es que se produzca un nombre
con aspecto masculino, inexistente en el nombre primitivo: Noe (de Noelia o
Noemí), Victo (de Victoria), Leo (de Leonor/a), Vero (de Verónica); por regla
general, se origina mediante apócope.
4) Como era de esperar, el diminutivo, que más que de
pequeñez es signo de afecto y ternura en nuestra lengua, se ha convertido en el
morfema derivativo por excelencia en la formación de hipocorísticos: Rosarillo,
Juanico, Paquito, Dolorcitas… Tal vez
debido a su misma naturaleza semántica, predomina en las denominaciones
de mujeres: Evita, Dorita, Anita, Estelita, Antoñita, Lolita, Conchita,
Teresita, Victorita, Elenita… En realidad, la gran mayoría de los nombre
propios femeninos admiten un hipocorístico con diminutivo. Los masculinos no
son tan receptivos a este sufijo, excepto si se trata de niños pequeños
(Pablito, Paquito, Rafalín…) o si el término derivado se destina a una
denominación artística (Pedrito Rico, Juanito Navarro, Manolito Rollo…), que
equivale a un mote más que a un nombre cariñoso.
5) No tiene tanta
vitalidad o fuerza como otros (derivación y apócope, según se ve en los
ejemplos de los epígrafes anteriores) el procedimiento de formación de
hipocorísticos por transformación, más o menos drástica, del nombre de pila, del
tipo “Ramona → Monchita”. La alteración fonética se produce, muy a menudo, por influencia
o imitación del lenguaje infantil, y bastante más en el apartado de la
onomástica femenina: Carmen → Mamen, Rosario
→ Charo/Chayo (con los consiguientes diminutivos “posteriores”), Consuelo →
Chelo (y sus diminutivos), Dolores → Loles (y Lola y sus diminutivos y
apócopes), Elena → Nena (y sus diminutivos), Asunción → Chon (y su derivado en
–i), Antonia → Toña (y su derivado en –i) , Eulalia → Lali / Laya, Manuela →
Nela, Josefa / Fefa, Inocencia → Chencha, Manuela → Nela, Jesusa → Chusa/Susa, etc.
Restan, para
terminar, hipocorísticos cuyo origen y relación fonética con el nombre
originario no resultan fáciles de establecer. Así, Curra (tomado, supongo, de
Curro), Carmen → Tita, Mercedes → Achas/Chechu, María → Ona,
etc. Dentro de este grupo, son muy
populares los sobrenombres Pepe/Pepa, Pepi, Pepita y Paco/Paca, Paqui, Paquita;
de su formación y evolución encuentro una interpretación nueva, interesante, en uno de los artículos del blog Cápsulas
de lengua, que invito a visitar (****).
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(***)
En mi localidad, Antequera, donde la Virgen del Socorro tiene multitud de
devotos, muchas mujeres se llaman así, Socorro. El nombre cariñoso no es, sin
embargo, Socorrito, sino Socorrita. O Coqui/Coco, que están más extendidos en
otras zonas.