viernes, 7 de junio de 2013

"CAUCANDO", "CALIÁ" Y SIMILARES


22/la-indiscreccion-en-la-juventud-del-vejez/
               Estas dos palabras, correspondientes a “caducar” y “calidad” respectivamente, eran muy usadas en Andalucía hasta no hace mucho. Hoy se oyen menos. La primera, el verbo, aparece  exclusivamente en gerundio, “caucando”, con “estar”: “Tu abuelo ya está caucando”. Es sinónimo de “chochear” (‘tener debilitadas las facultades mentales por efecto de la edad’). Existe, además, el derivado “caucón/-a”, especie de insulto, pues se aplica a personas de cualquier edad para echarles en cara su torpeza o poca habilidad: “Deja que lo haga yo, que tú estás caucona”. El significado básico de “chochear” aparece también en “caducar”; sin embargo, el andaluz “caucando” se ha especializado y solo se emplea con el citado valor de ’chochear’.  En cambio, para aludir al estado de un producto pasado de fecha y otras situaciones similares, se dice, incluso en Andalucía, “caducar”, a la castellana: “Este bote de fruta está caducado”. Tenemos, pues, que el proceso de especialización semántica sucedido al verbo “caducar” sobreviene únicamente en su variante dialectal, “caucando”, y no en la modalidad fonéticamente íntegra “caducar”. Por todo ello, me da la impresión de que estamos ante un caso en el que, además de la existencia de un simple cambio semántico, podamos suponer la aparición de una palabra nueva en el dialecto andaluz: el verbo, defectivo, “caucar”  como “chochear”.
               No muy diferente evolución sufre el término “caliá” [pron.  ca-li-á], procedente de “calidad”, con el significado específico de ‘fuerza, vigor’: “No tiene caliá ni pa coger una silla”. En efecto, es el resultado de haberse especializado semánticamente “calidad” en uno de sus significados (originarios o levemente desplazados), a la par que ha desechado la "d" intervocálica: “caliá”. Como en el caso anterior, nos encontramos con el doblete, “calidad” / “caliá”, así como con la posibilidad de considerar el segundo como un vocablo autóctono andaluz, diferente en forma y contenido de aquel del que proviene.
              Para terminar, quiero traer aquí un par de palabras más, emparentadas por su particular historia con las anteriores, muy populares dentro y fuera de Andalucía gracias sobre todo a los medios de comunicación. Ambas nacieron y viven en Sevilla. Una es “levantá” (de “levantada”), referente a la acción de erguir un trono procesional instantes después de salir del templo, y  la otra “madrugá” (“madrugada”), con la que se nombra la noche procesional sevillana del Jueves al Viernes Santo, la noche grande de la Semana Santa allí.
               Si todo es como supongo en los párrafos que preceden, se trata de un mecanismo por el que una modalidad dialectal acuña vocablos propios, mediante la confluencia y el apoyo mutuo de la especialización semántica y la alteración fonética.

martes, 14 de mayo de 2013

EL ARTE DE LA ETIMOLOGÍA POPULAR



es-peligroso-inflar-los-neumaticos-con-nitrogeno
               De los cambios que sufren las lenguas en el curso de su historia, el generado por la llamada etimología popular es uno de los más conocidos, aunque no por eso resulta menos curioso e interesante. Doy este primer ejemplo para que los que no recuerden en qué consiste lo hagan inmediatamente: hay hispanohablantes que alteran el término “neumático” y lo convierten en “gomático”, pensando que algo tiene que ver con “goma”, como derivado o algo así.
               Según se define, la etimología popular consiste en la modificación que de un vocablo realiza el hablante, por creer, erróneamente, que procede de un étimo determinado. Se trata de un fenómeno propio de la lengua oral, mejor dicho, de sus modalidades más bajas, situadas en la zona donde florecen los vulgarismos y gran cantidad de neologismos. Para que ocurra una etimología popular han de darse ciertas condiciones, sobre todo estas dos: el desconocimiento por parte del usuario del verdadero origen de la palabra y el poco trato con la lengua escrita, en la que contrastar sus hipótesis etimológicas. 
2010/03/puerco-espin-comun-hystrix-cristata.html
               Las alteraciones por etimología popular encierran un punto de humor, tal vez poco atendido (al menos en los análisis que yo conozco). Quiero, por tanto, subrayarlo aquí. El cambio producido por la supuesta etimología consiste en una deformación, que altera la fisonomía de las palabras, previa reorganización de su estructura, y las emparenta con elementos léxicos ajenos, aunque de cierta proximidad semántica. Al final, lo que sale es una especie de caricatura del término original, al que se disfraza con una careta. Ahí veo el efecto humorístico, no pretendido desde luego por el responsable (individual o colectivo) del cambio. A veces parece, incluso, un chiste por lo disparatado de la relación entre lo enmascarado y la máscara, relación inesperada además, sorprendente, aunque lógica una vez que se consuma: he visto recogida (en Andalucía y Extremadura) y he oído la expresión “clavel redentor” por “clavel reventón”, “cuerpo espín” por “puerco espín”, animal con el cuerpo cubierto de espinas, y también, “alquilino” por “inquilino” de casas o pisos… alquilados. Realmente, tal como lo aprecia el oyente mejor formado, el término resultante es una creación, una invención bastante imaginativa, sugerente y, ya lo dije, con su toque de gracia. Cerca de donde vivo, había un señor que creía “despasados” (o sea, “desfasados”) algunos comportamientos y actitudes más propios de tiempos… pasados que de los actuales. A una antigua variedad de la aspirina, muy parecida a ella, la “cafiaspirina”, la llamaban algunos “casiaspirina”. Sin salir de la medicina, es conocidísima y está muy extendida la pronunciación “esparatrapo” por “esparadrapo”. Igualmente genial me parece la transformación “alicóptero”, que evoca la imagen de un “helicóptero” con alas. Hay madres que se duelen de que a sus hijos los castiguen con un “perseguimiento” (“apercibimiento”), simplemente porque se les olvidó el “informe” (“uniforme”).  No pocas palabras corregidas por falsa etimología disfrutan de una difusión enorme: así, “mondarina” (por “mandarina”), “andalias” (por sandalias”), tan buenas para… andar en verano, o “raspapolvo” (por “rapapolvo”), “lacena” (por “alacena”). De esta manera podríamos seguir y seguir, pues este es un terreno inacabable. 

jueves, 9 de mayo de 2013

“O ALEM”


“… según lo acostumbrado en Portugal, Pinheiro le venía a mi bisabuelo (*) por su madre, y lo que valía era el Alemcastre, no tan antiguo como los pinos, pero sí más ilustre, ya que procedía de ciertos príncipes Lancáster que, en la Edad Media, habían venido de Inglaterra a Portugal y allí se habían quedado, aunque acomodando el nombre al alma portuguesa. Confieso, y lo pongo a guisa de paréntesis, que a mí lo de Alemcastre me gustó siempre, aunque no por lo de la prosapia británica, real por los cuatro costados, que establece cierta relación entre los dramas de Shakespeare y yo, sino por ese “alem” que le habían añadido, una palabra fascinante que, aunque coincidía en su significación con el “plus ultra” latino, no es lo mismo. Los conceptos, al marcharse del latín, reciben cargas semánticas como de una especie de electricidad añadida, que los hace más amables o más duros, incluso a veces misteriosos: “O alem” es, en efecto, el más allá, lo mismo que el “plus ultra”. Pero, ¿qué más allá? ¿El meramente ambicioso, el meramente geográfico? […] Para mí, “O alem” no es un más allá marcado por horizontes de mar y cielo, sino de misterio, y así he pensado siempre que llevaba el misterio conmigo, como un regalo con el que no sabía cómo jugar”.

G. TORRENTE BALLESTER, Filomeno, a mi pesar.
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(*) Es sabido que, en Portugal y en Brasil, el primer apellido de los hijos es el de la madre, no el del padre. El bisabuelo se llamaba Ademar Pinheiro de Alemcastre.



miércoles, 17 de abril de 2013

¡POBRES PREPOSICIONES "A" Y "DE"!

http://es.123rf.com/photo_5742461_jugadores-
de-baloncesto-ilustracion-vectorial.html
               Estoy casi seguro de que estas dos preposiciones, junto con “por”, son las que más uso tienen tanto en la comunicación oral como en los textos escritos. Aparte de una intuición, es un dato que he leído en alguna parte que ahora no recuerdo. El diccionario académico distingue hasta 27 sentidos en la preposición “de” y 23 en su compañera “a”. ¡Ya son significados! Sobre ellas recae una gran parte del trabajo consistente conectar, relacionar y categorizar sintácticamente palabras y expresiones.
               Por si fuera poco, el habla actual está empezando a endosarles tareas nuevas, funciones añadidas, contextos antes extraños, para mí desde luego chocantes, de espaldas a la norma tradicional. “¡Pobres preposiciones!” reza el título del artículo y a esas cargas intrusas, propias de otros nexos prepositivos, es a lo que me voy a referir.
               En nuestra lengua existen unos verbos, como “entrar”, “penetrar”, “introducir”, “ingresar”, “meter”, “colarse”…, con el significado básico de ‘movimiento de acceso, desde el exterior, a un espacio interior”. Así, “Los aficionados iban entrando en el estadio”, “Introduce esta nueva idea en el programa”, etc. Según prescribe la RAE (1), la preposición que corresponde en las construcciones con tales verbos es “en”, tal como aparece en los ejemplos. Sin embargo,  suelen oírse y leerse con harta frecuencia en los medios de comunicación, de donde han pasado al coloquio (creo que esa es la dirección, no la inversa), enunciados con “a”: leo en YouTube este título de un vídeo explicativo: “Como entrar a facebook sin contraseña (muy bien explicado)” (2) y en un foro de Yahoo pregunta un usuario (la intención interrogativa se deduce del contexto, menos mal): “Porque no puedo entrar a facebook” (3); en Softonic, sin embargo, respetan el modelo clásico: "para entrar en facebook(9 programas)" (4). Bien es verdad que “a” suplanta a “en” solo con el verbo “entrar” y no con los otros: “Penetró al túnel”, “Se metió a la cueva”. En el polo opuesto se halla “acceder”, que únicamente pide “a”: “Accedió a las instalaciones militares sin que lo vieran”, “Accedió en las instalaciones…”.
               Menos difusión tiene otro cambio de preposición, que no obstante goza de gran arraigo en su dominio, bastante limitado por cierto. Me refiero a la sustitución de “por”, cuando se habla de la diferencia de tantos o de puntos en un partido de baloncesto (solo en ese deporte), por la preposición “de”. Este es un titular de ABC: “El Valencia necesita ganar de 11 al Kuban”, que se desarrolla en el cuerpo de la noticia: "la reacción final de los de Velimir Perasovic dio al menos para soñar hoy con la posibilidad de ganar de once puntos a los rusos" (5). Otro periódico, Mallorca Sport, ofrece sin embargo un titular ortodoxo: "El Palma Air Europa necesita ganar por dos puntos al Aurteneche” (6). Si no se trata de baloncesto, lo normal es la forma en que se expresa un diario de Buenos Aires: “El senador provincial por el Periodismo Renovador, José Luis Pallarés, aseguró que “hay un escenario que nos permite presuponer que (Sergio) Massa ha de presentarse y va a ganar”, y destacó que “por lo que se ve en las encuestas, es ganador  por más de 20 puntos”, enfatizó”.
               A estas alturas, ¿quién se va a asombrar de que se estén dando en español alteraciones como las comentadas? La lengua permanece en continuo cambio, es un principio incuestionable. Y no la detiene ninguna ley académica, que, en todo caso, podrá frenar de vez en cuando algunos procesos. La falta de formación general y lingüística, hoy muy común, es de gran ayuda para la iniciación, difusión, arraigo y consagración de muchas innovaciones, que con bastante frecuencia tienen su origen en errores involuntarios, en faltas cometidas por quienes no saben que lo son.
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(1)  Nueva gramática de la lengua española. Manual. Madrid, Espasa Libros, 2010. Véase el parágrafo 29.2, dedicado a las preposiciones, pp. 558-560. También resultará útil el Diccionario de uso de las preposiciones españolas, de E. Slager. Madrid, Espasa, 2007.
(2) http://www.youtube.com/watch?v=rZlocrdAWOo
(3) http://es.answers.yahoo.com/question/index?qid=20130214185537AArxE0p
(4) http://www.softonic.com/s/para-entrar-en-facebook 
(5)  http://www.abc.es/comunidad-valencia/20130326/abcp-valencia-necesita-ganar-kuban-20130326.html
(6) http://www.mallorcaesports.es/baloncesto/item/6813-el-palma-air-europa-necesita-ganar-por-dos-puntos-al-aurteneche
(7) http://www.latecla.info/3/nota_1.php?noticia_id=57581

viernes, 1 de febrero de 2013

EL IDIOLECTO DE RAPHAEL


               De vez en cuando, urgando en mi discoteca o andurreando por internet, me topo con canciones de mi juventud, que coincidió con la “década prodigiosa” de la música ligera española. Por ejemplo, con canciones del que se hacía y se hace aún llamar Raphael. Títulos de la primera época, escritos casi todos por Manuel Alejandro y consagrados por el éxito. ¿Quién de mi edad no recuerda “Yo soy aquel”, “Hablemos del amor”, “Laura”, “Ave María”, “Digan lo que digan”, “Mi gran noche”, “Cierro mis ojos”, “Cuando tú no estás”, “Desde aquel día”, “Estuve enamorado”, etc., etc.? Después, a lo largo de la extensísima carrera del cantante, que sigue todavía por los escenarios, vinieron otras muchas, vienen y vendrán. Tan dilatada vida artística permite apreciar con facilidad no solo la evolución de su estilo, sino también las constantes de su peculiar forma de interpretar. Seguramente se habrán realizado análisis y valoraciones sin cuento, dada la popularidad y relieve de su figura en gran parte del mundo. Yo, humildemente, me quiero referir a una de las notas, una solo, que ha caracterizado a Raphael desde sus comienzos y sigue haciéndolo sin excepción.

               Me refiero a un elemento de su modo de pronunciar cuando canta, y subrayo esto de “cuando canta”, porque únicamente se observa ahí, y no al hablar. Se trata del seseo, que Raphael  practica sistemáticamente. Sin atender a otro fenómeno fonético más que el “seseo”, voy a transcribir un fragmento de una de las canciones “antiguas” que más me gustan:
                                               Sierro mis ojos,                                                                               
                                                              para que tú no sientas ningún miedo.                                  
                                                              Sierro mis ojos                                                
                                                             
para escuchar tu vos disiendo: “Amor”.                                                             
                                                              […] Yo no te veré, yo no te veré,
                                                              puedes haser lo que quieras conmigo.
                                                              No te miraré, no te miraré,

                                                              hasta que tú me lo pidas, amor”.        
                                                             
p://www.youtube.com/watch?v=TUoc8xCYbDA  
                                   
               Está claro, lo mismo que en todas, absolutamente todas las canciones de Raphael. De manera constante, el artista pronuncia como “s” lo que otros hispanohablantes realizan como “z” (escrita “c” o “z”), incluso en posición de final de sílaba (implosiva): “vos” por “voz”. Es una peculiaridad suya, un componente de lo que llamaré, con un término técnico, su idiolecto. Resulta, como veremos, muy curioso el fenómeno.
             
               Que un español sea seseante no tiene nada de extraño, pues lo son miles en nuestro país (todos los canarios, muchísimos andaluces, bastantes extremeños, etc.).  Pero se sabe que Raphael nació en Linares (Jaén), donde se distinguen ambos sonidos, y que, además, su familia y él se trasladaron a Madrid antes de que cumpliera el niño un añito. De modo que, lo que llama la atención es que este señor, que no procede de ninguna región dialectal seseante, se haya apuntado a la “s” y, más aún, que la emplee en vez de “z” tan solo cuando canta. Por otra parte, ni con música ni sin música su expresión oral muestra otros rasgos andaluces ni meridionales en general. Más aún, ese seseo idiolectal no es como el de Andalucía o Canarias, en donde la “s” tiene un timbre especial, sino que se parece más a la “s” castellana y de todo el norte. Con lo que llegamos a una situación un tanto singular: en general, la fonética raphaelina es  la del norte de España, menos en una cosa: el “seseo”, propio del sur, pero realizado con “s” norteña también. 
               A mí me parece que este comportamiento fonético no es espontáneo, sino fruto de un diseño intencional de imagen, cosa normal en los artistas y en quienes viven del público. De ahí que parezca un tanto artificial ese seseo. Casi seguro que el cantante o quienes lo asesoraban en sus comienzos pensaron en el mercado latinoamericano, uno de cuyos símbolos de identidad dialectal es el seseo. No digo yo que menospreciaran el español peninsular, mejor dicho, de una parte del español peninsular, sino que se atuvieron al talante fonético de la mayoría internacional. Los móviles de un proyecto artístico, como el lanzamiento de Raphael, son diversos, y uno de los más importantes es el económico. La música, lo mismo que cualquier otra actividad cultural, tiene una faceta comercial que no deben olvidar quienes la tienen como profesión. Puede que ese sea el origen y causa del seseo que comento. No descarto el deseo de agradar, de gustar a la que realmente constituye la mayor parte del público hispanohablante, cantándole “en su lengua”.
               Otras figuras de rango y origen similar, efectuaron una elección diferente: es el caso de Julio Iglesias, casi contemporáneo de Raphael. Tampoco le ha ido mal, sin embargo.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

PORQUE EL ESPAÑOL NO ES ESPAÑA


               Si la “cuestión catalana” fuera solamente un problema lingüístico y si ese problema lo originara solamente la pugna entre la lengua “de España” y la lengua regional, todo sería más simple, creo yo, y menos grave. Pero ni el asunto se circunscribe únicamente al ámbito idiomático ni, en este, consiste  solo en la adopción y uso de una lengua u otra, sin mayores consecuencias.
               El acoso que sufría el catalán en la época franquista corre parejas con el que soporta el castellano en la región donde ambas entidades deberían convivir en paz. Los niños y adolescentes de allí, gracias a Dios escolarizados todos hoy, tienen como lengua habitual la que es cooficial en aquel territorio y adquieren, con dificultad, un nivel de castellano cada vez más bajo. Naturalmente, esto no es fruto de una decisión suya, ni de sus padres: el “sistema” nacionalista les está metiendo en ese escollo.
               El hecho es que la catalanía idiomática va tomando una fuerza tal, que contrarresta y aun supera a la del castellano en Cataluña. Sin querer queriendo, como suele decirse, las medidas políticas y la propaganda están creando una conciencia de ideal monolingüe, que avanza en la misma medida en que retrocede el castellano, teñido de desprecio, en las instituciones, en la vida social, en la cultura e incluso en el rincón de lo personal y privado.
2011/04/mundo-hispanohablante.html
               El proceso no es espontáneo y cabe considerarlo anti natura, pues las lenguas no pertenecen a los dirigentes políticos o a los que dominan los medios de comunicación y manejan los cauces propagandísticos; ni siquiera tienen mando real en ella instituciones como la RAE (http://www.lavadoradetextos.com/2012/12/una-lengua-imparable/) . La lengua es propiedad de los hablantes y, en circunstancias normales, o sea, en contextos de libertad individual y colectiva, ellos son muy dueños de llevarla por donde mejor les parezca. Pero el entorno al que me refiero no goza, evidentemente, de tal privilegio.
               Antes aludía a la gravedad de las consecuencias. Se debe a que, en realidad de verdad, como también suele decirse, a la juventud catalana se la está encarcelando en una comunidad idiomática muy reducida, muy estrecha y aislada, porque se le va excluyendo de la comunidad española, cuya lengua  domina cada vez menos, usa menos todavía y tal vez llegue un momento -si no ha llegado ya-  en que no pase de ser una mera asignatura, que enseñe tanto como a nosotros nos enseñó en su día la de Francés, por ejemplo; o sea, casi nada. Los profesores que recibimos alumnos cuyos padres fueron emigrantes y ahora han vuelto, sabemos la ensaladilla rusa que cocinan esos niños cuando los ponemos a escribir en español, e incluso a hablar. Como mínimo se cansan, se trastabillan, lo mismo que yo, que me muevo a pie o en coche, me fatigaría el pedalear y perdería con frecuencia el equilibrio si tuviera que desplazarme en bici.
               Se detraen no solo de la comunidad española (que es lo que persiguen y venden quienes allí decretan a la voz de “¡Independencia!”), sino de la comunidad hispanohablante internacional. Esto es lo verdaderamente serio. Uno no acierta a comprender cómo los responsables de los niños y jóvenes no advierten que se les están quitando posibilidades a los chavales. Fijaos: en la actualidad, el castellano, con más de 450 millones de hablantes, es la segunda lengua mundial, después del inglés; el catalán no pasa de los 11 millones, incluyendo el Reino de Valencia y las Baleares. No sé si se advierte el daño que se puede causar a tantas y tantas personas por mor de esa miopía localista, dentro de un mundo donde la actividad económica, los intercambios comerciales, el desarrollo de la ciencia y del pensamiento, el arte  y la cultura traspasan toda frontera. En Estados Unidos, o sea, en el corazón del Imperio, más de uno de cada tres ciudadanos entiende y habla el castellano. Agachar la cabeza y mirarse el ombligo es ahora más pifia y error que nunca. A los niños y adolescentes hemos de abrirles horizontes, no cerrárselos con el idioma como reja y candado.
               El español no es España, esto es lo que hay que comprender. No son adversarios equiparables el catalán y el castellano. El castellano significa la amplitud, la expansión, la apertura, la apuesta de futuro,  la comunicación a gran escala; encierra en sí la suficiente virtualidad como para ser instrumento y vehículo y plataforma de lanzamiento de quienes quieran o deban transitar el mundo, llamados por necesidades profesionales o personales. El catalán, no.


martes, 11 de diciembre de 2012

NOMBRES DE MUJER

               Neri, Manu, Pepe, Juani, Dorita… y otros muchos por el estilo son, como se sabe, modos cariñosos de llamar familiarmente, amistosamente, a las personas. Los lingüistas los denominan hipocorísticos. Especialistas y aficionados han abordado con frecuencia esta cuestión y en un lugar virtual tan asequible como Wikipedia (*), por ejemplo, o en otros similares (**), disponemos de buenas explicaciones del fenómeno y de listas de tales denominaciones afectivas.
               Yo no voy a insistir, obviamente, en una exposición general, que ya existe como digo. Quiero fijarme, tan solo, en los nombres femeninos, mejor dicho, en algunas particularidades de los hipocorísticos femeninos, en contraposición a los masculinos, que me parecen al menos curiosas. Mi intención es mostrar ciertas regularidades lingüísticas de carácter formal, que pueden llegar a constituirse en norma.

        1) Abundan más los terminados en “ –i/-y”   femeninos que los masculinos, bien sea por apócope bien por transformación: Toñi, Censi , Ani, Loli, Nati, Dori, Mari, Emi, Leti, Sofi, Manoli, Conchi, Pepi, Choni, Yoli, Toñi, Mili, Ceci, Nuri, Cati, Neri, Puri, Rosi, Margari, Choni, Viky, Nati, etc., etc., etc. Los masculinos son muchos menos:  Juani,  Poli, Javi, Gabi,  Josemi,  Monchi, Santi, etc.; aparecen en este último grupo, no tanto en el de las mujeres, los importados de otras lenguas:  Charly, Willy, Iñaky, Jordi, Toni, Johnny, Ricky, Micky, etc. Es como si el sonido “i” adquiriese, en el contexto de los antropónimos cariñosos, una resonancia especial, delicada, dulce, que lo lleva a ser uno de los preferidos entre los nombres femeninos.
       2) En el caso de nombres con una versión femenina y otra masculina, como Antonio y Antonia, se aprecia una tendencia a emplear hipocorísticos diferenciados, siguiendo el modelo de la oposición de género gramatical en castellano; sin embargo, predomina  la “i” para el femenino, que es casi un morfema indicativo de este género, como se ha dicho: Toñi/Toño, Paqui/Paco, Manoli/Manolo, Feñi/Fernan, Trini/Trino, Mili/Milio, Dori/Doro, Pepi/Pepe, etc.  En algunos casos se da una única forma, Juani, Adri, Ale, etc., que neutraliza la distinción de género; no obstante, suelen usarse para niños o jóvenes tan solo.
       3) Si el nombre originario tiene apariencia masculina, como Remedios o Rosario, se conserva en el derivado hipocorístico, quizás debido a que no hay apenas denominaciones masculinas correspondientes, pues se trata casi siempre de advocaciones marianas: Remeritos, Rosarito/llo/ Chayo/Rosarito/Charito, Cañito(s), Amparito, Socorrito/Soco (***) , Consuelito, Asun, Patro, etc.; hay, sin embargo, excepciones, como Concha/i (de Concepción), Censi (de Ascensión), Dori (de Adoración, entre otros), Visi/ta (de Visitación), Presenta (de Presentación), Puri /a (de Purificación), etc. Más raro es que se produzca un nombre con aspecto masculino, inexistente en el nombre primitivo: Noe (de Noelia o Noemí), Victo (de Victoria), Leo (de Leonor/a), Vero (de Verónica); por regla general, se origina mediante apócope.
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       4) Como era de esperar, el diminutivo, que más que de pequeñez es signo de afecto y ternura en nuestra lengua, se ha convertido en el morfema derivativo por excelencia en la formación de hipocorísticos:  Rosarillo, Juanico, Paquito, Dolorcitas… Tal vez  debido a su misma naturaleza semántica, predomina en las denominaciones de mujeres: Evita, Dorita, Anita, Estelita, Antoñita, Lolita, Conchita, Teresita, Victorita, Elenita… En realidad, la gran mayoría de los nombre propios femeninos admiten un hipocorístico con diminutivo. Los masculinos no son tan receptivos a este sufijo, excepto si se trata de niños pequeños (Pablito, Paquito, Rafalín…) o si el término derivado se destina a una denominación artística (Pedrito Rico, Juanito Navarro, Manolito Rollo…), que equivale a un mote más que a un nombre cariñoso.
       5) No tiene tanta vitalidad o fuerza como otros (derivación y apócope, según se ve en los ejemplos de los epígrafes anteriores) el procedimiento de formación de hipocorísticos por transformación, más o menos drástica, del nombre de pila, del tipo “Ramona → Monchita”. La alteración fonética se produce, muy a menudo, por influencia o imitación del lenguaje infantil, y bastante más en el apartado de la onomástica femenina: Carmen → Mamen, Rosario → Charo/Chayo (con los consiguientes diminutivos “posteriores”), Consuelo → Chelo (y sus diminutivos), Dolores → Loles (y Lola y sus diminutivos y apócopes), Elena → Nena (y sus diminutivos), Asunción → Chon (y su derivado en –i), Antonia → Toña (y su derivado en –i) , Eulalia → Lali / Laya, Manuela → Nela, Josefa / Fefa, Inocencia → Chencha, Manuela → Nela, Jesusa → Chusa/Susa, etc.
               Restan, para terminar, hipocorísticos cuyo origen y relación fonética con el nombre originario no resultan fáciles de establecer. Así, Curra (tomado, supongo, de Curro), Carmen → Tita, Mercedes →  Achas/Chechu, María Ona, etc.  Dentro de este grupo, son muy populares los sobrenombres Pepe/Pepa, Pepi, Pepita y Paco/Paca, Paqui, Paquita; de su formación y evolución encuentro una interpretación nueva, interesante,  en uno de los artículos del blog Cápsulas de lengua, que invito a visitar (****).
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(***) En mi localidad, Antequera, donde la Virgen del Socorro tiene multitud de devotos, muchas mujeres se llaman así, Socorro. El nombre cariñoso no es, sin embargo, Socorrito, sino Socorrita. O Coqui/Coco, que están más extendidos en otras zonas.