lunes, 13 de marzo de 2017

EL MAL DEBATE


               Uno de los fenómenos televisivos considerado como símbolo y emblema de la generación que vivió la transición española, fue el programa La Clave, dirigido y presentado por el extraordinario periodista José Luis Balbín. Se emitió entre los años 1976 y 1985, con alguna interrupción y unas cuantas censuras. En cierto modo, fue el espejo donde se miró aquella incipiente democracia y donde vio reflejado su ideal de sociedad y su aspiración a la convivencia pacífica. Para los que no llegaron a conocerlo, era un espacio dividido en dos partes: una película de gran calidad, relacionada con el tema que cada día se trataba, seguida de un largo debate entre personas con opiniones, trayectorias, dedicaciones… muy diversas, incluso opuestas, en relación con la cuestión elegida. Podríamos también denominarlo tertulia o coloquio, puesto que no se trataba de llegar a un acuerdo final, sino solo de exponer libremente las ideas y convicciones de cada uno, de mostrar diferentes enfoques y apoyos argumentales, de calibrar los efectos y consecuencias de diversos modos de pensar y actuar, etc. El diálogo se desarrollaba en un ambiente sosegado (incluso la iluminación era conscientemente relajante), de mutuo respeto y extrema delicadeza; es decir, lo más lejano a una enfurecida batalla por salir vencedor de… nada, porque allí no se ventilaba ninguna victoria ni derrota dialéctica ni supremacía ideológica, estética, etc. Me acuerdo especialmente de dos: uno, en el que realizó una extensa y pormenorizada declaración R. Serrano Súñer, y otro, en el que, creo que por primera vez en televisión, participaba Santiago Carrillo.   
           Todo lo contrario es lo que contemplamos ahora, con más frecuencia de la deseada y deseable, en bastantes de las discusiones que las diversas cadenas de televisión nos ofrecen. En unos programas concebidos como espectáculos ante un público ávido de tarascadas y fieros mordiscos, gritos y duros golpes…, acostumbrado como está a disfrutar de emociones fuertes, se agreden con virulencia muchos políticos, bastantes periodistas, artistas y personajes públicos, así como gente cuyo único oficio es el de mero tertuliano violento, o sea, profesional del género. Sus comportamientos no solo enjugan la sed de pelea de muchos espectadores (“entretienen mientras se emiten”), sino que surten de contenido gratuito a espacios posteriores, en los que el tema es el comentario de tales combates (“sigue entreteniendo durante semanas”). Comentario frecuentemente laudatorio, donde se ensalza la capacidad de los protagonistas para escarnecer y vilipendiar (“machacar”) al contrario como principal recurso. Y como exclusivo fin. De camino, se endiosa a los actuantes y se ahonda en la deformación de la estimativa del “gran” público.
               En el plano formal, uno de los secretos del éxito de un debate o coloquio está en el respeto a los turnos de palabra, o sea, en la ausencia de interrupciones. Cortar una exposición es lo mismo que destruirla, por aquello de que “argumento partido, argumento perdido”. Los que dedicábamos tiempo y esfuerzo en nuestras clases de Lengua a habituar a los alumnos a intervenir en coloquios y debates insistíamos en este punto y en inculcar el autocontrol cuando se les ocurría contestar en medio de una intervención ajena y a hablar cuando les tocara. Muchas veces afirmaban que entonces ya no valía la pena, era demasiado tarde, su réplica se devaluaba. En mi caso, trataba de inculcarles el valor y la utilidad de la “respuesta aplazada”, precedida de un resumen de aquello contra lo que se fuera a opinar y argumentar. Recuerdo que una profesora de Secundaria, asistente a un curso sobre esta materia, confesó  -para sorpresa de muchos, entre ellos un servidor-  que los debates así, tan ordenados, le parecían muy aburridos.
               Bastantes debates de hoy, tal vez con la orientación “lúdica” de la citada profesora o incluso persiguiendo un fin aún peor, sobrepasan la línea del respeto a la palabra de los demás, no ya interrumpiéndolos, sino aplicando un instrumento aún más perverso, como es la superposición de turno. Es decir, hablar mientras otro participante está en el uso de la palabra.  Me refiero no al mero corte puntual, más o menos espontáneo, no calculado, sino al propósito intencionado de silenciar al contrario, tapando su exposición con otra, dicha generalmente a más volumen. Junto con la descalificación como principal   -casi única-  arma, creo que supone la adulteración y perversión extrema de la discusión como medio de confrontar ideas y poner a prueba los argumentos, la ausencia total de respeto a las ideas de los demás y, por ende, a su misma persona. No importa que el público o los espectadores no se enteren de nada, mejor dicho, lo que importa es que no se enteren de nada y tan solo fijen su atención en que tal o cual tertuliano sobresale entre los demás porque controla el curso del diálogo, anulando y ofendiendo al resto. Naturalmente, no todos los componentes de los auditorios de debates así extraen, por suerte, las mismas conclusiones. Hay programas de determinadas cadenas de televisión que son auténticos modelos en el uso de la endiablada técnica que he descrito y, dado que llegan a mucha gente, se constituyen en modelos infectos y corrosivos. Se emiten otros, la verdad sea dicha, que recuerdan bastante a aquellas formas y actitudes de La clave, tan añoradas. Espero que no les resulten aburridos a demasiados televidentes.




domingo, 5 de marzo de 2017

"YO PIENSO DE QUE..."

Así se titula una de las secciones del programa diario “Herrera en la COPE”, dirigido y presentado por el popular Carlos Herrera. Consiste ese apartado en atender y, a veces, comentar varias llamadas o wasaps de los oyentes, tres o cuatro, que opinan sobre cualquier tema de actualidad. Se supone que dichas intervenciones comienzan por la expresión “yo pienso de que…!” para introducir la opinión o el parecer. Digo “se supone” porque no siempre se utiliza el giro “de que” y hay quienes dicen simplemente “yo pienso que…” o incluso emplean otro expresión de igual significado (a mí me parece que…”, “creo que…”, etc.).

La sección, muy breve, se sitúa antes que otra, también de llamadas, pero más extensa (una hora aproximadamente), donde los oyentes expresan su punto de vista o narran su experiencia sobre un tema previamente establecido por el equipo el programa. Aquí, la mayoría comienzan declarándose “fósforos” del programa y felicitan al equipo. Lo de “fósforos” es una deformación del término “forofo”, aceptada ya como legítima por todos los que actúan a un lado y otro del micrófono.
Creo que hay varios aspectos dignos de comentario en la frase “yo pienso de que…”. En primer lugar, el conocido “dequeísmo”, un error sintáctico consistente en la inclusión indebida de la preposición “de”. Existen en castellano verbos que exigen la construcción con “de” en determinadas circunstancias (“Hablar de música”, “Alegrarse de que venga”, etc.), pero la mayoría, no, como es el caso de “pensar” en este contexto. Así que, según la norma, el título del consabido programa debería ser “Yo pienso que…”. ´
Suelen aclarar los responsables del título que se trata de una variante tomada del habla coloquial (yo diría vulgar) y que tiene un sentido “irónico”, según le he oído al propio Carlos Herrera. Sinceramente, no veo la ironía por ningún sitio; mejor cabría llamar a esa pirueta lingüística “parodia”, puesto que lo que se logra con ella es ridiculizar un tanto el habla popular, a la que remite. Lo mismo sucede con el término “fósforos”: quizás algún oyente lo empleó algún día de manera no intencionada y, con la ayuda del presentador, hizo fortuna.
Otra faceta interesante de la construcción “yo pienso de que” emerge del verbo. En el DRAE, la definición del término más cercana a la que apreciamos en el título del programa radiofónico es la número 3, “Opinar algo acerca de una persona o cosa. ¿Qué piensas de él?”. Si tomamos este valor de “pensar” y construimos una oración en la que el complemento sea una proposición sustantiva encabezada por “de que”, aparece como aceptable la construcción, pese a la presencia de la preposición: “¿Qué piensas de que quiten la mili obligatoria? “, “Qué pensarán tus parientes de que te dejes el pelo largo?”.
Estas curiosas comprobaciones nos llevan a concluir que el verbo “pensar” con “de” solo es posible en enunciados en los que ese “de” equivalga, más o menos, a “acerca de” y el verbo se limite a significar lo que establece la RAE. No deberíamos hablar, pues, en tal caso de “dequeísmo”.

Estoy por afirmar, además, que la fórmula incorrecta del nombre del programa de Herrera proviene de una imitación improcedente o un análisis erróneo de la estructura considerada en último lugar: en efecto, a la pregunta “¿Qué piensas de que quiten la mili obligatoria?” se responde “Yo pienso DE que es una decisión nefasta”, contestando más al segmento introducido por “de que” que al interrogativo “qué” inicial, objeto de la pregunta; de ahí que se conserve la preposición. Lo adecuado sería, en todo caso, “Acerca de que quiten la mili obligatoria, yo pienso que es una decisión nefasta”. Por esa misma regla de tres, decía al principio que el espacio de Herrera debería denominarse “Yo pienso que…” sin más. 

viernes, 19 de agosto de 2016

RE-DEFINIR AL RECEPTOR (I)


Una de las condiciones indispensables para que un acto de comunicación tenga éxito es que el emisor posea una imagen acertada del receptor y adapte su enunciación a él. Es decir, que quien habla o escribe se haya formado una idea atinada del perfil característico de aquel o aquellos que lo escuchan o lo leen. Porque lo importante no es de quién se trata y cómo es el destinatario, sino de quién cree el emisor que se trata y cómo cree que es. Y lo determinante es que ambas realidades coincidan o lo hagan en la mayor medida posible. De no ser así, la consiguiente falta de acoplamiento del discurso al receptor será fuente segura de inconvenientes y dificultades, que entorpecerán e incluso imposibilitarán la comunicación. Está, por ejemplo, el típico caso en el que el niño o niña preadolescente se ve en la situación de decirle a sus padres: “Me habláis como si fuera un bebé. Ya soy mayorcito/a”; o, al revés, los padres o los abuelos deben reprocharle: “A tu madre no le hables más así”. O bien esa otra circunstancia en la que un profesor o un orador eleva tanto la forma y/o el contenido de su exposición, que obstaculiza la comprensión por su falta de adaptación a un público que ni conoce ni se ha preocupado de conocer. Aunque la escena más simple y clara es aquella en la que un señor se nos acerca por la calle, una calle española, para hacernos una pregunta en francés o en alemán, sin caer en la cuenta de que lo más probable es que no sepamos su idioma o no con tanta perfección como para entenderlo y responderle. Permítaseme traer aquí, porque viene a cuento del asunto que tratamos, el comienzo  de un relato mío, “El príncipe desterrado”, continuación inmodesta de “El príncipe destronado”:

Hola. Soy Quico, el niño de la novela El príncipe destronado, que escribió Miguel
Delibes. Se ha muerto, ¡qué lástima! Era como mi abuelo. Ahora tengo seis años y medio. Estoy más grande, pero con los mismos rizos rubios y ojos azules. Y, por eso, todavía me confunde a veces la gente con una niña. Cuando alguien me dice: “¡Qué chica tan mona!”, le contesto: “Yo soy un tío, y usted, ¿qué es? “. O me echo mano a la bragueta y le suelto:“Soy un niño, si quiere se la enseño”. Y se ríen, pero se nota que es de vergüenza. (Cuentos con niño. Madrid, 2013)

Todos estos errores son, generalmente, fruto del descuido, de no poner atención cuando se ha de tomar la palabra en una interacción, o de la falta de prudencia. Naturalmente, también cuenta en numerosas ocasiones la ignorancia procedente de no poseer los recursos necesarios para cambiar de registro y acomodar el habla al interlocutor, o de desconocer que no siempre ni a todo el mundo se le puede hablar de la misma manera. Los jóvenes, no todos pero sí muchos, tan solo saben expresarse con un lenguaje y un tono coloquial, el que emplean con los amigos y, en general, con sus iguales, cosa que les impide estar a la altura cuando deben afrontar asuntos en instituciones u organismos oficiales, en oficinas y despachos,  por ejemplo, en los que la propia temática requiere más esmero lingüístico.  Un querido compañero y amigo suele decir que “el tuteo es un puteo”, refiriéndose a quien, con no poca desfachatez, se atreve a tutear a todo superior (en lo que sea) o desconocido, para “acortar distancias”, ya que, al fin y al cabo “todos somos iguales”.
Los chistes, en los que el resultado humorístico se funda en la ruptura de alguna norma comunicativa o social, muestran actuaciones bastante ilustrativas. No sé si el lector recordará la época, hace unos veinte años, en la que se puso de moda crear historias que ridiculizaban al ministro Fernando Morán, los “chistes de Morán”, en los que él exhibía una notable falta de inteligencia y un extremo despiste. Creo que este nos servirá:

Va Fernando Morán en el avión y, a pesar de no conocerse, poco a poco entabla conversación con su compañero de asiento. Llegan a una cierta confianza y este le dice al ministro:
- Te voy a contar un chiste de Morán.
- Yo soy Fernando Morán.
- Ah, bueno, entonces lo contaré despacito y luego, si eso, te lo explico.

Aquí, naturalmente, se da una importante quiebra comunicativa: por una parte, el compañero no se percata de lo que comporta que esté hablando con el mismísimo ministro y de que puede incurrir, por tanto, en una falta grave de cortesía; aunque, por otra, manifiesta su deseo de adaptación máxima al receptor, proponiéndose narrar con la mayor simplicidad y parsimonia la historia e incluso explicarla luego. Así, no sabemos quién es más tonto, si el gobernante o su nuevo amigo. 

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RE-DEFINIR AL RECEPTOR (y II)



Sin embargo, hay momentos en los que el hablante o escritor desfigura la silueta del receptor de modo consciente, para lograr algún efecto en pos de algún fin particular. En la sesión de investidura del día 2 de marzo de 2016, en la que el candidato Pedro Sánchez, del PSOE, no logró la mayoría suficiente, Rajoy pronunció uno de sus discursos más atrevidos, más sarcásticos, más duros con el grupo socialista (también sufrió algún refregón el de Ciudadanos), que muchos valoraron como uno de los mejores de los últimos años.  En un momento dado, hablaba de que el voto del PP sería negativo y, como representante de dicho partido, lo justificó diciendo que “es esa defensa de todos los españoles la que me impide secundar los propósitos de su Señoría (sic). Se lo voy a explicar [de manera tan clara, que hasta ustedes lo van a entender]” (*).  No hay que ser un lince para darse cuenta de que el orador, con esa coletilla final (entre corchetes) motejó a la oposición socialista de corta de luces, de torpe, de dura de mollera, etc., puesto que, como al Morán del chiste, había que desmenuzarle las ideas y razones para que se enterara. El mecanismo consiste en esto: una re-definición subjetiva, a la baja, de la figura del receptor, en este caso colectivo; pero una re-definición no explícita, que se da por supuesta: ni se prueba ni se pone en tela de juicio. En efecto, Rajoy no aludió expresamente a la cota de inteligencia o preparación del adversario, las cuales sufrieron, no obstante, una cruel arremetida. Lo que quiso decir, y todo el mundo entendió, fue algo así como “el nivel de ustedes es tan bajo, que requerirá de mí un plus de claridad y sencillez en la explicación, cosa que voy a intentar”. Hay un ataque y una burla, de esos que suman fuerzas para entreabrir una maliciosa sonrisa en el público no aludido.
La crítica más acerada se oculta a veces bajo la broma, el humor, que, lejos de suavizar el ataque, lo hacen más intenso, más cruento, más feroz, y despojan, además, de armas al enemigo. Los escritores satíricos lo saben bien. En el caso del discurso parlamentario, el presidente en funciones usó esa técnica, no demasiado complicada ni rebuscada: re-definir a su conveniencia el carácter de la oposición socialista, evitando la alusión directa. Si lo hubiera hecho a las claras, habría quedado bastante desvirtuada su agresión, dado que carecía de base objetiva.
Estrategias como esta se aplican a diario con suma eficacia. En el Parlamento y fuera del Parlamento.
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(*)  Comparando la versión oral del discurso con la escrita, la parte entre corchetes no aparece en esta última, por lo que se supone que fue añadida sobre la marcha por el presidente en funciones: http://www.20minutos.es/noticia/2686969/0/discurso-mariano-rajoy-congreso-discurso-investidura-pedro-sanchez/). ¿Por qué tomó una y otra decisión? Como es natural, caben muchas y variadas opiniones.

sábado, 6 de agosto de 2016

EL ACTO DE HABLA INDIRECTO: UN PASAJE DE “EL OJO DEL LEOPARDO” (I)

             Tengo interés en transcribir un pasaje del último libro que he leído, El ojo del leopardo (H. Mankell, 1990), porque ilustra con acierto y claridad uno de los fenómenos más destacados de la comunicación, en su modalidad interactiva o conversacional. Me refiero al llamado acto de habla indirecto. Aunque más abajo, tras los párrafos copiados, habrá ocasión de pormenorizar sus rasgos, su funcionalidad, etc., avanzo que se trata de una secuencia en la que se comunica un mensaje con medios lingüísticos y textuales extraños a su naturaleza, muy diferentes de los que cabría esperar, sin que por ello se obstruya o perjudique la comprensión cabal de dicho mensaje. Paso a copiar la escena mencionada, que consiste en realidad en un diálogo.
        Los interlocutores son Hans Olofson, nacido en Suecia, emigrado a Zambia, donde trabaja a la sazón como “capataz provisional” en una granja de gallinas ponedoras, propiedad de Madame Fillington, enferma el día de la conversación; es el protagonista. En calidad de sustituto de la dueña, dialoga, en la propia granja, con un visitante, que se dice policía y se autodenomina Mister Pihri. De lo que él mismo afirma, se deduce que es una especie de conseguidor de Madame Fillington ante la Administración, donde le procura “pequeños servicios” para “evitar problemas que pueden resultar inquietantes”.
          Se presentan ambos y, antes de entrar en el motivo de su visita, el recién llegado deja caer lo siguiente:
(1) “Madame Fillington suele invitarme a té cuando la visito”.
Y, mientras preparan la infusión, explica:
 “Nuestras autoridades son muy cuidadosas con las formalidades […]. Eso lo aprendimos de los ingleses. Tal vez nuestras autoridades actualmente exageran la minuciosidad. Pero hemos de tener cuidado con las personas que visitan nuestro país. Todos los papeles deben estar en regla”.
El capataz Olofson no tiene dificultad en captar la advertencia: << O sea, que se trata de mí>>. Y prosigue Mister Pihri:
“Madame me pidió ayuda para que agilice los trámites de su permiso de residencia […]. Por supuesto es importante evitar problemas innecesarios. Madame y yo solemos intercambiar servicios para nuestro propio beneficio.
Le muestra a Olofson unos papeles sellados, que este agradece en nombre de su jefa. Pero a Pihri aún le resta encarecer su misión:
“Mis amigos y colegas del Departamento de Inmigración están muy ocupados en estos momentos. La carga de trabajo es especialmente elevada. También se deniegan muchas solicitudes de permiso de residencia temporal. Por desgracia, a veces también tienen que rechazar a personas que quisieran residir en nuestro país. Naturalmente, no es agradable tener que dejar un país e veinticuatro horas […]. Pero mis amigos del Departamento de Inmigración son muy comprensivos. Me alegro de poder dejar esos papeles, firmados y sellados, en el debido orden […]. Las autoridades miran con recelo a las personas que carecen de los documentos necesarios. Por desgracia, a veces también están obligados a meter a personas en la cárcel por tiempo indeterminado […].  Desgraciadamente, las cárceles de este país están muy abandonadas. En especial, para los europeos, que están habituados a otras condiciones”

De nuevo el capataz le manifiesta su agradecimiento personal  y, en su nombre, el de Madame Fillington. Pero el policía mediador está pensando en otra forma de gratitud:
(2) “El maletero de mi coche no es muy grande. Pero caben quinientos huevos sin dificultad.
Olofson da la orden correspondiente y recibe los documentos. Además se entera de que
“Desgraciadamente, de vez en cuando hay que renovar estos sellos […]. Por eso, Madame Fillington y yo nos vemos con regularidad.
Para la despedida, el sueco acompaña a Pihri hasta el coche:
(3)  Mi coche empieza a estar viejo {…]. Puede que un día deje de funcionar por completo. Visitar a Madame Fillington puede que me resulte entonces un problema […]. En este momento está en venta un Pugeot en muy buenas condiciones en casa de uno de mis amigos de Kitwe.

“Se lo diré”, le promete el capataz. Y, para sus adentros, no duda de que es <<el prototipo de la corrupción>>, aunque tampoco, de que ha sido <<una conversación cortés y discreta>>. 

EL ACTO DE HABLA INDIRECTO: UN PASAJE DE “EL OJO DEL LEOPARDO” (II)

           No le será difícil al lector, incluso al no iniciado en el concepto de acto de habla indirecto, intuir en qué consiste, si observa con atención las intervenciones de Mister Pihri escritas en negrita: en ellas parece informar de algo al capataz, pero se ve que en el fondo va más allá, de que pretende decir algo más. En efecto, el primer enunciado (1) encierra una petición: “póngame un té”; la segunda secuencia (2) viene a equivaler a la presentación de la factura por el “pequeño servicio” de lograr el permiso de residencia: 500 huevos de la granja; y la tercera (3) supone otro pago, tal vez a medio plazo.      
           La teoría de los actos de habla se forja a partir de los años 60, dentro de la Filosofía del Lenguaje, y más concretamente a partir de los estudios de J.L. Austin recogidos en su obra póstuma Cómo hacer cosas con palabras (1962). Siguiendo esta línea, el también filósofo J.R. Searle aquilata la noción básica de acto de habla y establece una serie de distinciones, entre las que está la que diferencia los actos de habla directos y los indirectos (Actos de habla, 1969; “Indirect Speech Acts”, 1975). Un acto de habla directo es aquel en que el hablante manifiesta exactamente lo que las palabras y demás recursos lingüísticos expresan: “Póngame un té”; en los indirectos, en cambio, no se da una correspondencia entre el componente verbal explícito (fuerza locutiva) y la verdadera intención comunicativa del hablante (fuerza ilocutiva): “Madame Fillington suele invitarme a té cuando la visito”. Diríase que el sujeto se propone manifestar un tipo de mensaje, pero adopta el molde verbal de otro tipo distinto. En nuestros ejemplos, la intervención de Mister Pihri es aparentemente enunciativa, informativa de la costumbre de Madame, pero su intención es de carácter imperativo, directivo. Lo mismo ocurre en los fragmentos (2) y (3).

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EL ACTO DE HABLA INDIRECTO: UN PASAJE DE “EL OJO DEL LEOPARDO” (III)

          El empleo de actos de habla indirectos, lo mismo que otros procedimientos similares, como la ironía, la metáfora, las frases hechas, etc.,  obedece a una estrategia más o menos general, en una situación dada, que así lo aconseja. El hecho de que una gran parte de los actos indirectos se den en enunciados o secuencias de enunciados de intención conativa o imperativa nos brinda una pista sobre el carácter de dicha estrategia: el sujeto hablante no quiere mostrarse contundente en sus mandatos, órdenes, peticiones o ruegos, tal como podrían ser percibidos si empleara los medios lingüísticos apropiados a su intención: “Cárgueme 500 huevos en el coche”. Ese brío impositivo queda ciertamente amortiguado, suavizado, dulcificado, por el revestimiento informativo de su enunciación: “El maletero de mi coche no es muy grande. Pero caben quinientos huevos sin dificultad”. En la interacción diaria e incluso en la más formal e institucional abundan los actos de habla indirectos, con el objetivo principal señalado, cuando no es posible o no interesa la declaración desnuda, patente.
           No es posible o no interesa por alguna razón relacionada con la posibilidad de invadir el terreno del interlocutor y/o atentar contra la relación existente entre él y el hablante;  o bien, por el deseo de asegurar la consecución de algún beneficio extracomunicativo. En el caso que estoy analizando, la meta de Mister Pihri está clara: recibir una dádiva a modo de retribución. No es una aspiración nueva, incluso ha sido satisfecha ya al parecer en otras ocasiones por Madame. Pero sí es nueva la persona a quien se dirige, Hans Olofson, que puede no saber nada del asunto o incluso encresparse si el peticionario es demasiado explícito, cosa que pondría en peligro un buen talante y una buena relación, y complicaría las cosas.                        Lo cual nos lleva de la mano a definir la estrategia consistente en el uso de los actos indirectos como una estrategia de cortesía, tal como se entiende dentro de la pragmática (a partir de P. Brown y S. Levinson,  Politeness. Some universals in language usage, 1987): conjunto de actuaciones comunicativas encaminadas a salvaguardar la (auto)imagen de los interlocutores (cortesía positiva) y a no invadir el  margen de libertad de acción de ambos (cortesía negativa). En el fragmento de la novela seleccionado, Mister Pihri se comporta con un respeto y una prudencia exquisitos mediante su discurso indirecto, yendo quizás más allá de lo que su posición respecto al capataz y la situación en general requieren. Es decir, con un superávit de cortesía , que incluso puede parecer un tanto cómico a algún lector, pues hace aparecer al simple policía medio chantajista como un personaje demasiado envarado, demasiado estirado, demasiado considerado y atento, con su habla indirecta. De todos modos, el comportamiento global de Mister Pihri es algo que al avispado Olofson no pasa desapercibido y, lo mismo que ve en él un “prototipo de corrupción”, valora la charla, curiosamente, con el vocablo “cortés”, dándole un sentido que se podría casi denominar “técnico”, según he explicado sucintamente:  “una conversación cortés y discreta”. 

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